La historia del parque comienza en 2014, cuando Enrique Peña Nieto, presidente de México en ese momento, anunció planes para un nuevo centro de transporte para la Ciudad de México. Se construiría sobre el lecho mayoritariamente seco del lago Texcoco, la masa de agua que alguna vez rodeó al antiguo antepasado de la Ciudad de México, Tenochtitlán, el centro del imperio azteca. La promesa de marketing era que el NAICM sería uno de los aeropuertos más ecológicos del mundo. La terminal, diseñada por Norman Foster —premio Pritzker en 1999 y Príncipe de Asturias de las Artes en 2009— iba a ser la primera en obtener Certificación LEED platinoel máximo reconocimiento internacional a la eficiencia energética y el diseño sostenible.

Su sitio, el lago de Texcoco, ya había perdido más del 95 por ciento de su superficie original, y en 2015 se hicieron planes para drenarlo por completo para construir el aeropuerto. Sin embargo, cuando Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia de México en 2018, canceló el plan. Terminaría costando más de 13 mil millones de dólares y dejaría graves daños ambientales: el proyecto incompleto destruyó un refugio clave para las aves migratorias; montañas divididas en el Estado de México (la región federal que rodea la Ciudad de México); tierras agrícolas arrasadas; y alteró el paisaje de la capital cultural de los nahuas, un pueblo indígena que incluye a los mexicas (o aztecas).

Echeverría, quien dice haber estado obsesionado con el área durante casi tres décadas, fue designado por el nuevo gobierno para restaurar el ecosistema local. “Me sentí como si estuviera pisando Marte”, dice el arquitecto, reflexionando sobre su puesto al mando del proyecto. El parque cubre un área equivalente a 21 veces el área del enorme parque Bosque de Chapultepec de la Ciudad de México. Echeverría ofrece sus propias comparaciones: “Este lugar tiene tres veces el tamaño de la ciudad de Oaxaca y, como referencia para quienes están fuera de México, es aproximadamente tres veces el tamaño de Manhattan”.

El proyecto de restauración no fue un mero capricho del nuevo presidente de México, sino la culminación de un siglo de visiones y planes. “Hemos estado dando vueltas sobre esto durante 75 años”, dice Echeverría, citando proyectos de restauración que se propusieron ya en 1913, incluidos los de Miguel Ángel de Quevedo (un célebre ambientalista temprano) en la década de 1930 y el agrónomo Gonzalo Blanco Macías en la década de 1950. Lo que faltaba, dice Echeverría, “no era falta de ideas, sino de voluntad política”.

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