Explicado: Por qué Donald Trump quiere derribar el ala este de la Casa Blanca
La nueva fiesta de Trump en la Casa Blanca.

Cuando surgieron fotografías de excavadoras arrasando el ala este de la Casa Blanca, el mundo reaccionó con incredulidad. El espacio alguna vez asociado con las conferencias de prensa de mujeres de Eleanor Roosevelt y los esfuerzos de preservación de Jacqueline Kennedy había desaparecido. Donald Trump había ordenado su demolición para dar paso a un gran salón de baile.En The New Yorker, Adam Gopnik interpreta la demolición no como una renovación sino como una performance. Es una afirmación de dominio, un acto simbólico que captura el desprecio de Trump por la moderación y su obsesión por la grandeza.

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El panorama general

La destrucción del ala este es más que una decisión arquitectónica. Representa una tendencia más amplia en la política estadounidense donde el espectáculo reemplaza al proceso y el poder impulsivo reemplaza a la deliberación.Construida durante la Segunda Guerra Mundial, el ala este era de escala modesta y de propósito práctico. Reflejaba la humildad del gobierno y la noción de que incluso los presidentes eran custodios temporales de un hogar nacional compartido. Al derribarlo, Trump eliminó no sólo un edificio sino una pieza de simbolismo democrático.Gopnik escribe que “el acto de destrucción es precisamente el punto”, describiéndolo como una actuación de autoridad absoluta tanto sobre el cargo como sobre su encarnación física.

Por qué es importante

La arquitectura democrática pretende recordar a quienes están en el poder que su autoridad tiene límites. La Casa Blanca, elegante pero sin pretensiones, encarna ese ideal. Los presidentes pueden residir allí, pero no son propietarios.El proyecto de Trump, financiado por criptodonantes y multimillonarios tecnológicos, rechaza esta idea. Convierte “la casa del pueblo” en un monumento privado. Los presidentes anteriores hicieron modificaciones pequeñas y consideradas (el balcón de Harry Truman, la cancha de baloncesto de Barack Obama), pero actuaron mediante procesos y consultas. La demolición de Trump pasó por alto ambos.Como señala Gopnik: “La diferencia entre el balcón de Truman y el salón de baile de Trump es toda la diferencia del mundo”. Uno reflejaba procedimiento, el otro indulgencia personal.

El simbolismo de la destrucción

Trump ha tratado durante mucho tiempo la demolición como una señal de control. Desde los relieves Art Déco destruidos del edificio Bonwit Teller hasta el actual derribo de la Casa Blanca, la destrucción es su gesto característico.Las silenciosas oficinas del Ala Este alguna vez representaron la maquinaria invisible de la democracia: personal, reporteros, asistentes. Su demolición anuncia una nueva jerarquía donde la imagen pesa más que la institución y la vanidad triunfa sobre la continuidad.Gopnik recuerda a los lectores que “la arquitectura encarna valores; no es simplemente un receptáculo de ellos”. Cuando un edificio que simbolizaba la modestia cívica es reemplazado por un espacio construido para la exhibición personal, el mensaje es inequívoco.

La conclusión más profunda

La indignación pública por la destrucción del Ala Este no es nostalgia por una estructura sino dolor por los ideales que representaba. La Casa Blanca alguna vez equilibró autoridad con humildad, poder con proceso. Ese equilibrio se ha roto.El salón de baile de Trump no servirá como espacio cívico. Será un monumento al dominio de un hombre, un reflejo de cómo la política ha pasado de la administración al espectáculo.

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