
Le regalé la arena, pero no el reloj, y el tiempo se detuvo; no sé si esto fue intencional, funcionó de todas formas. Pero eso ocurrió después; la arena se la robé al mismísimo Duque de Edimburgo junto a unas flores de la fachada de su palacio. Había hecho un amigo alemán el día anterior: un tal Andy Weissman, Andreas, aunque a mí los nombres en plural me ponen nervioso, que es profesor de medicina en Múnich cuando le apetece, eso me dijo, aunque lo que más le suele apetecer es irse de voluntario a cortar leña en Northumbria, Dios sabrá por qué. Desde aquí le mando un saludo.
Me había despertado de una resaca turbulenta (la noche anterior había visto un partido de los Celtics en un pub y luego fui a una rave con un grupo de senegaleses rubios -estoy casi seguro de que eran solo galeses- y estuvimos tomando cerveza y cristal hasta las tantas), y el tipo estaba deshaciendo su mochila sobre la litera que había encima de la mía. Me dolió que fuera más guapo que yo. Me dijo de ir a unos monólogos por la noche y le dije que p’alante. Después de los monólogos fuimos a un shawarma y acabamos en un karaoke cantando ‘Despacito’; me dijo de cantarla a medias y a mí me tocó la parte de Daddy Yankee, de cuya participación en la canción desconocía. Aquella turba enfurecida de pelirrojos borrachos acabó perreando hasta el suelo cuando fui consciente de que (uno) no iba a volver a aquella gente en mi vida y (dos) no tendrían ni la más mínima idea de qué estaba diciendo, y subí al escenario diciendo riesgo y poniendo un acento boricua que solo está al alcance de unos pocos.














